Capítulo 3
Javalambre y el nacimiento del Tajo
Otro día más que promete. Nos levantamos con ganas y, casi sin darnos cuenta, ya estamos preparando las motos. Esta vez vamos más cargados: dejamos atrás la que ha sido nuestra casa durante dos días.
No hay un plan definido, y eso también forma parte del viaje. Solo tenemos una idea clara: subir a la cima de Javalambre y, a partir de ahí, dejarnos llevar. Rutear sin prisa, sin destino fijo, viendo hasta dónde nos apetece llegar.
Cuando el día vaya cayendo, ya buscaremos sobre la marcha un sitio donde pasar nuestra última noche.
Y después… cada mochuelo a su olivo.
La primera parada llegó casi sin buscarla. Al pasar por Villaspesa vimos una pista con un cartel que indicaba “Vestigios de la Guerra Civil” y, además, de off-road… así que no hubo duda: para dentro.
Resultó ser una zona donde se encuentra la Cueva de la Muela Medio, con unas vistas espectaculares y formaciones geológicas que bien merecen la parada.
Continuamos después por la carretera TE-V-6014 en dirección a Valacloche, para desde allí encarar nuestro siguiente objetivo: la cima de Javalambre, a 2.020 metros de altura.
La subida, tanto por la pista como por el entorno, fue de esas experiencias que se quedan grabadas. Arriba, el paisaje lo llena todo. De esos sitios donde te pararías sin mirar el reloj.
A la vuelta, bajamos por una carretera recién asfaltada que nos llevó hasta Valdecebro, donde hicimos una parada para reponer fuerzas.
Desde allí, pusimos rumbo al nacimiento del Tajo, un lugar mítico y casi obligatorio. Y como no podía ser de otra forma, las carreteras hasta llegar allí fueron de auténtico diez.
Seguimos hasta el embalse de la Toba, donde paramos a disfrutar del paisaje. Allí conocimos a David y a su recién esposa, que venía desde China y estaba de luna de miel por España. Se quedó completamente enamorado de la Africa Twin, hasta el punto de pedirle a Juan Fran hacerse unas fotos con ella.
Por supuesto, Juan Fran, como buen caballero, accedió encantado. Charlamos un rato con esta pareja tan simpática… aunque, curiosamente, la BMW no despertó el mismo interés. Ni fotos ni nada. ¡Cómo es posible! Eso, para qué negarlo, me hizo un poco de pupa…
Retomamos la ruta hasta llegar al mirador de la Ventana del Diablo, otro de esos puntos míticos donde merece la pena parar. Allí vimos caer la tarde, con esa luz que lo cambia todo, y decidimos que era momento de buscar alojamiento.
El destino elegido fue Cuenca.
Aquella noche puso el broche final a unos días difíciles de olvidar.
A la mañana siguiente llegó el momento de despedirse. Cada uno tomó su camino de vuelta a casa, pero con algo en común: una sonrisa en la cara y la sensación de haber vivido algo que merece la pena repetir.
Porque al final, de eso va todo esto.
Y así...
¡Otro puñado de buenos recuerdos para la saca!