En Panadero Desconocido
Crónicas de un OverFlander dominguero
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Teruel · 2024

La Laponia Española

Nos perdimos por las montañas vacías, enlazando pistas desde la Silent Route hasta Albarracín. Javalambre, el nacimiento del Tajo y, al final, Teruel como cierre de una ruta para disfrutar sin prisa.

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La Laponia Española

Capítulos

El viaje, tramo a tramo

The Silent Route

Capítulo 1

The Silent Route

Nuestro viaje comienza en el punto más emblemático de la Ruta del Silencio, junto a la famosa escultura de la cabra. Juan Fran llegaría desde su tierra natal, Alicante, y yo desde Asturias. Aquel día salí muy, muy temprano. La emoción y las ganas de empezar hicieron que madrugara incluso más de lo previsto. Arranqué cuando todavía no había salido el sol, con la idea de ir sin prisa, pero sin pausa, disfrutando del camino. El plan era llegar sobre las 15:00 para comer allí mismo, con las viandas que llevábamos. Opté por evitar la autovía todo lo posible, tirando de nacionales por Burgos y Soria para hacer la ruta más llevadera. Tras salir a las 6:00 de casa y después de casi 8 horas y unos 700 kilómetros, llegué sin novedad y justo a tiempo. Eso sí, en esta ocasión no llevaba pan. Juan Fran, que tenía menos distancia, se encargó de la misión y apareció con un pan “rico, rico” comprado en Valencia. Así que, sobre las 15:15, ya estábamos juntos, comiendo, riendo y saboreando no solo la comida, sino todo lo que estaba por venir. Después de las fotos de postureo con la famosa cabra, nos lanzamos a la A-1702. Y sí, hace honor a su fama. Es, sencillamente, impresionante. Salimos hacia el sur en dirección al puerto de Cuarto Pelado, deteniéndonos en varios miradores y en la ermita de San Bartolomé, desde donde las vistas hacia Villarluengo son una pasada. Más adelante enlazamos con la A-226 para ascender el puerto, disfrutando de las panorámicas sobre las dehesas. Es una carretera que no se agota. Un trazado que engancha. De esos que, cuando terminas, te hacen pensar en dar la vuelta y repetir. Con esa mezcla de adrenalina y satisfacción llegamos a nuestro campamento base para los dos próximos días: una casa en Teruel con garaje, perfecta para nosotros. Después de la ducha reparadora, tocaba seguir disfrutando, esta vez de la gastronomía local. Pero lo mejor aún estaba por llegar. Al día siguiente abandonaríamos el asfalto para adentrarnos en lo marrón. Y eso, tanto a Juan Fran como a mí, nos encanta. El track ya estaba cargado en Osmand, todo listo. Pero esa… será otra historia. Y así... ¡Otro puñado de buenos recuerdos para la saca!

Por tierras de Albarracín

Capítulo 2

Por tierras de Albarracín

Llegó el día de seguir el track de las Montañas Vacías… o al menos una parte. Para hacer la ruta completa necesitaríamos muchos más días, algo que, por desgracia, no teníamos. El track completo que podéis descargar desde esta web ronda los 700 km, así que había que tomárselo con calma. Salimos con una idea muy clara: empezar la ruta, disfrutar y sin ningún objetivo que cumplir más allá de volver a dormir a Teruel. Y con una premisa fundamental: si nos metíamos en algún berenjenal complicado, se daba la vuelta. Aquí hemos venido a disfrutar, no a sufrir. Nada más salir de Teruel seguimos el track que llevábamos cargado en Osmand. Las primeras pistas eran sencillas y disfrutonas, de esas que te sacan una sonrisa dentro del casco. Pronto llegamos a La Zahora Albarracín, donde tomamos una pista con bastante inclinación que nos lleva directamente a las murallas de Albarracín, donde hicimos una parada. Desde allí, las vistas son simplemente espectaculares. Retomamos la marcha y seguimos por esta pista increíble adentrándonos poco a poco en la sierra. Paisajes abiertos, sensación de vacío y esa tranquilidad que solo encuentras en lugares así. El hambre no tardó en aparecer, así que paramos a la sombra de una cabaña para recargar energías… y, cómo no, hacer un poco el chorra con el dron. Seguimos avanzando hasta que llegó uno de esos puntos que marcan el día. Una subida con bastante pendiente y, por culpa de las lluvias recientes, en peor estado del esperado. De esas en las que no hay mucho que pensar: te pones de pie, das gas… y confías. Yo iba primero y tiré para arriba como un demonio. Juan Fran dejó espacio para no comerse el polvo. No llevábamos intercomunicador —justo ese viaje el Sena de Juan Fran decidió dejar de funcionar—, así que cada uno iba a su ritmo. Cuando llegué arriba y esperé un rato, empecé a notar que Juan Fran no aparecía. Mala señal. Le llamé… y efectivamente, había tocado suelo. Nada grave, pero se había quedado con la moto encima de la bota y necesitaba ayuda. Bajé rápidamente y entre los dos conseguimos levantar la moto. Por suerte, sin consecuencias importantes. Las defensas de la Africa Twin hicieron su trabajo como campeonas. Solo los retrovisores dijeron basta. Decidimos bajar al pueblo más cercano (Torres de Albarracín) para tomar un café y hacer una reparación de campo a los retrovisores con la famosa masilla arreglatodo bicomponente. Porque todos sabemos que lo que no se arregla con eso y cinta americana… es que no tiene arreglo. Después de comentar la jugada y celebrar que todo había quedado en una anécdota, retomamos la ruta por otros caminos… que tampoco defraudaron. Acabamos regresando a Albarracín y desde allí volvimos a Teruel ya por asfalto, disfrutando de una carretera espectacular. Objetivo cumplido. Emoción, paisajes inolvidables y, sobre todo, buena compañía. Llegamos cansados, sí… pero con esa sonrisa que solo dejan los días que realmente merecen la pena. Y así... ¡Otro puñado de buenos recuerdos para la saca!

Javalambre y el nacimiento del Tajo

Capítulo 3

Javalambre y el nacimiento del Tajo

Otro día más que promete. Nos levantamos con ganas y, casi sin darnos cuenta, ya estamos preparando las motos. Esta vez vamos más cargados: dejamos atrás la que ha sido nuestra casa durante dos días. No hay un plan definido, y eso también forma parte del viaje. Solo tenemos una idea clara: subir a la cima de Javalambre y, a partir de ahí, dejarnos llevar. Rutear sin prisa, sin destino fijo, viendo hasta dónde nos apetece llegar. Cuando el día vaya cayendo, ya buscaremos sobre la marcha un sitio donde pasar nuestra última noche. Y después… cada mochuelo a su olivo. La primera parada llegó casi sin buscarla. Al pasar por Villaspesa vimos una pista con un cartel que indicaba “Vestigios de la Guerra Civil” y, además, de off-road… así que no hubo duda: para dentro. Resultó ser una zona donde se encuentra la Cueva de la Muela Medio, con unas vistas espectaculares y formaciones geológicas que bien merecen la parada. Continuamos después por la carretera TE-V-6014 en dirección a Valacloche, para desde allí encarar nuestro siguiente objetivo: la cima de Javalambre, a 2.020 metros de altura. La subida, tanto por la pista como por el entorno, fue de esas experiencias que se quedan grabadas. Arriba, el paisaje lo llena todo. De esos sitios donde te pararías sin mirar el reloj. A la vuelta, bajamos por una carretera recién asfaltada que nos llevó hasta Valdecebro, donde hicimos una parada para reponer fuerzas. Desde allí, pusimos rumbo al nacimiento del Tajo, un lugar mítico y casi obligatorio. Y como no podía ser de otra forma, las carreteras hasta llegar allí fueron de auténtico diez. Seguimos hasta el embalse de la Toba, donde paramos a disfrutar del paisaje. Allí conocimos a David y a su recién esposa, que venía desde China y estaba de luna de miel por España. Se quedó completamente enamorado de la Africa Twin, hasta el punto de pedirle a Juan Fran hacerse unas fotos con ella. Por supuesto, Juan Fran, como buen caballero, accedió encantado. Charlamos un rato con esta pareja tan simpática… aunque, curiosamente, la BMW no despertó el mismo interés. Ni fotos ni nada. ¡Cómo es posible! Eso, para qué negarlo, me hizo un poco de pupa… Retomamos la ruta hasta llegar al mirador de la Ventana del Diablo, otro de esos puntos míticos donde merece la pena parar. Allí vimos caer la tarde, con esa luz que lo cambia todo, y decidimos que era momento de buscar alojamiento. El destino elegido fue Cuenca. Aquella noche puso el broche final a unos días difíciles de olvidar. A la mañana siguiente llegó el momento de despedirse. Cada uno tomó su camino de vuelta a casa, pero con algo en común: una sonrisa en la cara y la sensación de haber vivido algo que merece la pena repetir. Porque al final, de eso va todo esto. Y así... ¡Otro puñado de buenos recuerdos para la saca!