En Panadero Desconocido
Crónicas de un OverFlander dominguero
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Del Sahara al Alto Atlas: Merzouga a Agoudal

Marruecos · capítulo 5

Del Sahara al Alto Atlas: Merzouga a Agoudal

285 km7h 43 min

Crónica del día

Uno de los mejores despertares que recuerdo.

Era temprano y me levanté con la intención de ver amanecer en Erg Chebbi, pero como dicen en mi tierra: «el que va de romería, se queja al otro día». Y así fue. La noche anterior estuvimos de folixa hasta tarde y, para rematar la jugada, no puse el despertador. Cuando desperté, el sol ya había salido y me perdí el amanecer, pero aun así mereció la pena.

Todavía no hacía calor. En el ambiente se respiraba un frescor agradable y un olor especial de arena que me transportó de golpe a las dunas de San Juan de Nieva, en mi Avilés natal, donde tantos veranos pasamos jugando durante los días de playa. Hay olores que tienen la capacidad de llevarte décadas atrás en apenas un instante.

Después de disfrutar un buen rato de la soledad y del paisaje, fui en busca de mi querido compañero de fatigas, Juan Fran, que justo estaba despertándose. En poco tiempo ya estábamos duchados y preparados para el desayuno.

Aquella noche habíamos compartido Haima, y tengo que decir que estaba equipada a todo lujo. Especialmente mi cama, que era matrimonial. El bueno de Juan Fran me la cedió insistiendo en quedarse él con la pequeña. Cómo se hace querer el tío…

Tras un desayuno, como está mandado, nos esperaba Ali el Cojo con su 4x4 para acercarnos hasta su riad, donde habíamos dejado las motos listas para continuar el viaje. Antes de marcharnos quisimos agradecerle todo lo que había hecho por nosotros y lo bien que nos había tratado durante nuestra estancia. Quedó todo recogido en el vídeo de este episodio.

Salimos de Merzouga echando una última mirada al mar de dunas de Erg Chebbi, pensando que con total seguridad volveríamos a vernos las caras. Era mi segunda visita y Merzouga nunca defrauda. Sin duda es uno de los mejores parques de atracciones que existen para niños grandes.

Tomamos rumbo hacia las Gargantas del Todra sin tener demasiado claro dónde terminaríamos el día. El plan era precisamente no tener plan y dejar que la improvisación hiciera su trabajo.

Nada más atravesar la famosa puerta de Rissani decidimos tomar la R702 en dirección norte. Aquello supuso renunciar a visitar la famosa Prisión Portuguesa, que teníamos a apenas diez minutos. Son las cosas que tiene no seguir un track previamente definido: a veces descubres lugares inesperados y otras te dejas cosas por el camino.

La carretera hacia el Todra nos regaló tramos espectaculares. Quizá menos montañosa que la otra alternativa más al sur, pero igualmente preciosa. La ruta por el sur ya la había recorrido durante mi primer viaje y la recordaba bastante más agreste.

Llegamos al palmeral de Tinghir y la vista volvió a sorprendernos. Ese contraste entre el verde intenso de las palmeras y los tonos ocres de las montañas es algo que nunca deja indiferente.

De las Gargantas del Todra, archiconocidas por cualquiera que haya viajado por Marruecos, poco más se puede añadir. Están muy masificadas a nivel turístico, pero eso no les resta ni un ápice de espectacularidad.

Aunque, para ser sinceros, lo que más nos impresionó vino después.

La nueva carretera que asciende hacia Agoudal, todavía con obras en algunos tramos, es simplemente espectacular. Reconozco que tenía cierta esperanza de encontrarla como la última vez que pasé por allí, mucho más rota y con bastantes kilómetros de pista. Pero también hay que entender que para la gente que vive en estas montañas supone una mejora enorme en su calidad de vida. Quizá los overflanders de pacotilla como nosotros perdemos un poco de aventura, pero los habitantes ganan muchísimo.

Eso sí, las obras nos tenían reservada una pequeña sorpresa.

Nos encontramos literalmente con «un clavo en el camino» y la Africa Twin del señor Juan Fran decidió que había llegado el momento de parar.

En principio no parecía un problema. Yo siempre confío en mi surtida maleta de herramientas. Sin embargo, los desmontables los llevaba Juan Fran y, siendo sinceros, parecían más apropiados para una bicicleta que para una moto.

Sacamos la rueda y comenzamos la operación, pero enseguida vimos que la cosa se complicaba. No podíamos desmontar la válvula y tampoco teníamos herramientas adecuadas para desllantar con facilidad.

Justo cuando me disponía a utilizar el sistema de la pata de cabra apareció un marroquí que parecía salido de la nada. Resultó que llevaba un auténtico taller móvil sobre ruedas. Tenía absolutamente de todo.

Con gran amabilidad insistió en ayudarnos. En apenas diez minutos la rueda estaba reparada, montada y la moto lista para continuar.

Cuando llegó el momento de despedirnos no quiso aceptar ninguna compensación. Nos dijo que lo había hecho de forma totalmente desinteresada. Finalmente, Juan Fran insistió y tuvo un detalle con él que acabó aceptando.

La escena nos hizo reflexionar.

Poco antes nos había adelantado un grupo de moteros sobre sus flamantes GS de última generación. Ni siquiera se dignaron a saludar, mucho menos a detenerse para preguntar si necesitábamos ayuda. Nos sorprendió bastante porque no suele ser lo habitual dentro del mundo de la moto.

Estoy convencido de que nosotros habríamos parado sin pensarlo dos veces. No habría sido la primera vez que echábamos una mano a alguien en la carretera, tal como haria cualquier hijo de vecino.

Pero bueno, como en todos los colectivos, siempre hay alguna oveja negra.

De nuevo en marcha, seguimos disfrutando de esta impresionante carretera encajada entre cañones y montañas hasta llegar ya avanzada la tarde a Agoudal.

Allí repostamos en una gasolinera muy peculiar. Una de esas donde la gasolina se vende en garrafas.

Mientras llenábamos los depósitos seguíamos con nuestro particular juego. Juan Fran y yo manteníamos una competición para ver cuál de nuestras motos gustaba más a la gente. Cada vez que alguien se quedaba observándolas le preguntábamos cuál prefería.

Tengo que reconocer que hasta ese momento la Honda iba ganando por goleada.

Pero en Agoudal no fue así.

Allí la cosa terminó en empate técnico.

Encontramos alojamiento en el Kasbah Citoyenne, situado a unos 2.400 metros de altitud. Nos contaron que durante el invierno la nieve es una presencia habitual por allí.

Aquella noche también compartimos habitación. Había dos mantas por cama y, como Juan Fran es del sur y yo un machote del norte, decidí cederle una de las mías asegurando que a mí me sobraba.

Gran error.

¡Qué frío pasé!

Por suerte, durante una visita nocturna de Juan Fran al baño, logré recuperar discretamente mi manta. A partir de ese momento la situación térmica quedó bajo control.

Qué contraste tan brutal entre Merzouga y Agoudal.

Por la mañana estábamos caminando descalzos sobre las dunas del desierto.

Por la noche dormíamos a casi 2.400 metros peleándonos por una manta.

Otro día increíble para guardar en la saca de los recuerdos.

¿Y mañana? Quién sabe…

Precisamente ahí reside gran parte de la magia de viajar sin un plan demasiado rígido.

Y así...

¡Otro puñado de buenos recuerdos para la saca!

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