En Panadero Desconocido
Crónicas de un OverFlander dominguero
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De las Gargantas del Ziz al desierto de Erg Chebbi

Marruecos · capítulo 4

De las Gargantas del Ziz al desierto de Erg Chebbi

165 km2h 30 min

Crónica del día

Despertamos en el Kasbah Hotel Jurassique, en pleno corazón de las gargantas del Ziz. Tras un buen desayuno, de esos que se disfrutan sin ninguna prisa, arrancamos las motos con una mezcla difícil de explicar entre calma, emoción e ilusión. Hoy tocaba poner rumbo a Merzouga.

La etapa de hoy iba a ser bastante más corta de lo habitual, apenas unos 165 kilómetros, pero teníamos claro desde primera hora que no sería un día cualquiera. De hecho, ambos teníamos la sensación de que lo que nos esperaba iba a convertirse en uno de esos recuerdos imposibles de olvidar.

Antes de continuar hacia el sur, decidimos volver sobre nuestros pasos para recorrer otra vez, ahora ya con luz de día, la espectacular carretera de las gargantas del Ziz. Y fue todo un acierto. Donde la tarde anterior apenas intuíamos siluetas y formas entre la oscuridad, ahora aparecían paredes de roca inmensas, curvas infinitas y un paisaje que parecía diseñado exclusivamente para disfrutarlo sobre dos ruedas.

Después retomamos rumbo sur por la N13. El paisaje comenzaba a cambiar poco a poco: menos vegetación, tonos cada vez más áridos y un horizonte mucho más abierto. Justo después de dejar atrás el embalse de Errachidia, tomamos un desvío a la izquierda para evitar entrar en la ciudad de Er-Rachidia y esquivar así el tráfico. Una decisión sencilla, pero de esas que hacen el viaje mucho más agradable.

Volvimos a enlazar con la N13 y continuamos avanzando tranquilamente hasta Erfoud, donde tomamos la P7111 en dirección a Merzouga. A cada kilómetro aumentaban las ganas, la emoción y esa sensación de estar acercándonos a algo grande.

Estábamos realmente felices. Cantábamos, contábamos chistes malos y disfrutábamos como niños mientras nos acercábamos a nuestro destino.

Y entonces ocurrió.

Las dunas del Erg Chebbi empezaron a aparecer en el horizonte como gigantes dorados emergiendo de la nada. Fue uno de esos momentos en los que automáticamente sonríes dentro del casco. Habíamos llegado.

Nuestro plan era tan simple como perfecto: encontrar el kasbah de Alí el Cojo… y, a partir de ahí, dejarnos llevar. Sin reservas, sin horarios y sin demasiadas preocupaciones. Solo con ganas de disfrutar.

Y así lo hicimos. Después de comer y refrescarnos en la piscina (sobre todo Juan Fran, que no paraba de insistir en que el agua estaba helada; claro, es lo que tiene ser de Alicante), llegó el momento de cambiar las motos por quads y nos lanzamos a recorrer las dunas. Crestas de más de 150 metros, arena infinita y una sensación de libertad absoluta que, sin darte cuenta, te devuelve directamente a la infancia. Saltos, risas, adrenalina… y el desierto como escenario.

Para rematar el día, el propio Alí el Cojo (él mismo nos dijo que siempre pusiéramos el adjetivo “El Cojo”, porque Alís hay muchos, pero “El Cojo” en Merzouga solo hay uno) vino a recogernos y nos llevó de excursión por diferentes rincones del desierto, incluyendo algunos escenarios donde se rodaron películas como La Momia (1999).

Y aquello fue todo un lujo. Alí el Cojo es uno de los personajes más famosos de Merzouga y del desierto del Erg Chebbi. Muchos viajeros lo recuerdan no solo por su alojamiento, sino también por su personalidad, su hospitalidad y porque suele involucrarse personalmente con los visitantes, tal y como nos demostró durante todo el día.

Además, si eres amante del motor, hablar con él es una auténtica maravilla. Es historia viva del Dakar, conoce personalmente a muchos de sus pilotos legendarios y podría pasarse horas contando anécdotas del desierto y de la carrera. Y la verdad es que nosotros podríamos haber pasado el mismo tiempo escuchándole.

Más tarde, Alí nos acercó a su nuevo riad en pleno desierto, donde nos invitó a tomar un té mientras organizábamos la siguiente aventura: una excursión en dromedario para contemplar el atardecer entre las dunas.

Después llegó la cena, la música en directo, el silencio del desierto y la experiencia de dormir en una haima bajo las estrellas.

Y así...

¡Otro puñado de buenos recuerdos para la saca!

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