
Marruecos · capítulo 2
Del Azul de Chaouen al Ocre de Fez
Chefchaouen nos da los buenos días muy temprano.
No hace falta despertador. La llamada a la oración se cuela suave entre el silencio de la mañana y, durante unos segundos, todo parece suspendido. Es uno de esos momentos en los que eres plenamente consciente de dónde estás… y de lo afortunado que eres por estar viviéndolo.
Ducha rápida y salgo a la calle casi sin pensar. La ciudad aún está despertando y eso la hace todavía más especial. Tengo poco tiempo antes de quedar con Juan Fran, pero es suficiente para perderme. Y eso es exactamente lo que hago.
Caminar por Chefchaouen a esa hora es como entrar en otro ritmo. No hay prisas, no hay ruido. Solo calles azules que parecen no tener fin, puertas entreabiertas, algún vecino que empieza su día y esa sensación constante de estar dentro de algo único. Cada rincón tiene algo que decir, y por un momento sientes que el tiempo no importa.
La plaza está prácticamente vacía. Cuesta imaginar que el día anterior estaba llena de vida. Ahora todo es calma, y se agradece.
Chefchaouen no es solo bonita. Tiene historia, tiene alma. Fundada en 1471, con raíces que nos acercan más de lo que parece, con ese aire andaluz que resulta familiar sin saber muy bien por qué. Es uno de esos lugares que no solo se visitan… se sienten. Y, sin darte cuenta, te atrapan.
Desayunamos en la terraza del hotel, con unas vistas que invitan a alargar el momento. De esos desayunos que no solo alimentan, sino que se quedan grabados. Pero el viaje sigue, y hoy toca avanzar.
Antes de salir, visitamos el museo etnográfico, en la antigua fortaleza de la plaza. Un lugar que te hace parar un momento y mirar con otros ojos. Te das cuenta de todo lo que compartimos, de lo cerca que estamos a pesar de las fronteras. Incluso los textos en castellano te hacen sentir, por un instante, como en casa.
Y entonces toca despedirse de Chefchaouen.
La salida de la ciudad marca el cambio. El paisaje se abre, la carretera empieza a dibujar nuevas líneas y la sensación cambia. Ya no es la calma de las calles azules, ahora es el viaje en sí. Ese que no va de llegar, sino de vivir cada tramo.
Paramos en una gasolinera, pero como siempre, la parada acaba siendo mucho más. Algo de comida, sombra y una conversación improvisada con gente del lugar. No hace falta compartir idioma para entenderse. A veces basta una sonrisa, una mirada, o una moto.
Volvemos a la carretera. El sol empieza a hacerse notar y el paisaje cambia poco a poco. Fez está más cerca, y con ella una nueva etapa del viaje.
En el camino nos cruzamos con un aficionado local y su Moto Cargo. No es una moto para presumir, es una moto para vivir. Y se nota. Intercambiamos unas palabras, unas risas, unas fotos… y seguimos. Pero te quedas con algo más que eso. Te quedas con la sensación de que la pasión por las motos une, sin importar de dónde vengas.
Y entonces, uno de esos momentos que no planeas. Una caída tonta, de esas que llegan sin avisar. Nada grave, solo el susto… y el orgullo un poco tocado. Pero lo que de verdad se queda no es la caída, sino lo que viene después. En segundos, varias personas se acercan a ayudar. Sin preguntas, sin juicios. Solo ayuda. Así, sin más. Y eso dice mucho.
Entrar en Fez en moto es otra historia. Tráfico, movimiento, caos aparente… pero con su propio orden. Al principio te descoloca, pero poco a poco empiezas a entenderlo. Y cuando lo haces, incluso lo disfrutas.
El día termina en el riad. Y de repente, silencio. Calma. Un refugio en medio de todo. Allí coincidimos con dos españoles y con Mohamed, cuya forma de tratarte hace que todo sea aún más especial. De esas personas que te llevas contigo, aunque no vuelvas a verlas.
Y así acaba el día.
Con la sensación de haber vivido mucho más que kilómetros.
Con momentos que no estaban en el plan… pero que son, precisamente, los que hacen que todo tenga sentido.
Y así...
¡Otro puñado de buenos recuerdos para la saca!
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