En Panadero Desconocido
Crónicas de un OverFlander dominguero
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RIDER Extreme 500 BF VEGADEO 2025

Encuentros sobre dos ruedas · encuentro 2

RIDER Extreme 500 BF VEGADEO 2025

500 km9 h 30 min

Crónica del día

Hay rutas que se disfrutan y hay rutas que se recuerdan. Esta Rider pertenece claramente al segundo grupo.

Cuando sonó el despertador aquella mañana en Vegadeo todavía era de noche. El cuerpo pedía seguir durmiendo, pero la ilusión podía más que el sueño. En el recinto ferial se mezclaban nervios, saludos, motores calentando y esa sensación tan difícil de explicar que solo entienden quienes saben que les esperan cientos de kilómetros de curvas por delante.

Era mi primera Rider 500 y estaba expectante. Me acompañaba mi buen amigo Fer, compañero de no pocas rutas, con su preciosa Triumph Bonneville T120 Black Edition.

A las siete en punto comenzamos a rodar. Los primeros kilómetros siempre tienen algo especial. La carretera aún está medio dormida, el aire es fresco y la cabeza todavía intenta asumir que vas a pasar todo el día encima de la moto.

Después de atravesar esas carreteras de tacto aterciopelado que tan bien describe nuestro querido Roberto Naveiras, dejando atrás Pesoz, llegamos a Grandas de Salime, donde, como no podía ser de otra manera, paramos a desayunar en el Café de Jaime, un lugar en el que siempre nos sentimos como en casa.

Desde allí tomamos rumbo a Pola de Allande. Tras superar el majestuoso Puerto del Palo, enlazamos con la carretera del Cangas en el Puente del Infierno y pusimos dirección a Belmonte. Antes, sin embargo, hicimos la primera parada del recorrido en Las Ayalgas de Silviella, un rincón fascinante donde Ángel Forcón lleva más de cuarenta años devolviendo la vida a piezas que parecían condenadas al olvido y que no te puedes perder si te gustan las motos... y muchas otras cosas.

Allí, además, disfrutamos del primer avituallamiento del día, acompañado de un chocolate caliente que entró de maravilla.

Continuamos la ruta y el ascenso hacia Somiedo y La Farrapona fue uno de esos momentos que justifican el viaje por sí solos. Montañas infinitas, carreteras estrechas y la sensación de estar atravesando lugares donde el tiempo parece pasar más despacio.

En el alto hicimos una breve parada antes de iniciar el descenso por la vertiente leonesa en dirección a Torrestío. Desde allí, bordeando el embalse de Barrios de Luna, recorrimos la impresionante carretera que atraviesa el Puerto de Aralla hasta llegar a Rodiezmo y, posteriormente, a Villamanín.

Allí nos esperaba una de las paradas más moteras de la jornada: el Triple M. César Cristalines, nos recibió con buen jamón mientras Dani se encargaba de sellar los pasaportes. Un alto en el camino perfecto para reponer fuerzas y disfrutar del espectáculo musical muy singular.

La tarde nos llevó por las tierras de Babia en dirección a Villablino, recorriendo carreteras remotas y pueblos tranquilos donde parecía que el mundo seguía girando a otro ritmo. Después de atravesar Caboalles de Abajo, nos detuvimos a comer en El Cordal de Laciana, un lugar muy recomendable para quienes pasen por la zona.

Con el estómago lleno retomamos la marcha hacia San Antolín de Ibias. La parada en el mirador sobre el río Navia nos regaló una de esas imágenes que ninguna fotografía consigue transmitir del todo. Hay paisajes que solo pueden comprenderse estando allí, después de muchos kilómetros de curvas y carretera.

La última parada la hicimos en Villanueva de Oscos, donde disfrutamos del último avituallamiento de la jornada. Además del impresionante monasterio, hay una visita obligada para cualquier motorista que pase por la zona: el Motard Bar Biker Friendly, regentado por nuestro querido amigo Ernesto. Un auténtico punto de encuentro y referencia para los amantes de las dos ruedas.

Y entonces llegó Vegadeo otra vez. Y con él, la cena, la música y la fiesta que ponen el broche final a una jornada inolvidable.

Al aparcar la moto y quitarme el casco sentí esa mezcla extraña de agotamiento y felicidad que solo dejan los grandes días. Habíamos recorrido más de quinientos kilómetros, superado el frío de la mañana, el calor de la tarde y muchas horas de carretera.

Pero lo que realmente me llevé a casa no fueron los kilómetros ni el pasaporte Biker Friendly. Fueron los paisajes, las conversaciones en las paradas, las risas compartidas y la certeza de que, mientras existan rutas como esta y amigos con quienes recorrerlas, siempre habrá una buena razón para volver a arrancar la moto.

Porque al final esta Rider no trata de llegar.

Trata de vivir el camino.

Y así...

¡Otro puñado de buenos recuerdos para la saca!

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