En Panadero Desconocido
Crónicas de un OverFlander dominguero
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Puerto de Vegarada

A por pan cerca de casa · ruta 3

Puerto de Vegarada

67 Km1 h 20 min

Crónica del día

Hay rutas que no se olvidan.

Y no por lo que haces en ellas, sino por lo que te hacen sentir.

Aquel día de mayo de 2013 salí de Oviedo con la idea de dar una vuelta sin más. Era uno de esos días raros de primavera en Asturias, en los que tan pronto llueve como sale el sol. Así que decidí ir hacia donde mejores previsiones había: mar o montaña. Esta vez tocó montaña. Es la suerte de vivir en Asturias, que tenemos ambas cosas a una distancia muy corta.

La carretera empezó a cambiar poco a poco. El paisaje se iba cerrando, el verde ganaba intensidad y el ruido del mundo se quedaba atrás. El psicocasco empezó a hacer su trabajo, y los efectos se dejaban notar, esa sensación de felicidad, difícil de explicar, iba apareciendo sin avisar. Subir hacia el puerto de Vegarada siempre tiene algo especial, pero aquel día todo parecía aún más vivo, más puro.

En mitad del camino, el tiempo se detuvo por un instante.

Un cervatillo apareció en la carretera. Dudó, me miró, y durante unas décimas de segundo nos quedamos los dos quietos, como si ninguno quisiera romper ese momento. Con el ruido del motor se asustó y desapareció entre el monte con la misma ligereza con la que había llegado.

Son esos pequeños encuentros los que hacen que todo cobre sentido.

La subida continuó y el frío empezó a hacerse más presente. A medida que ganaba altura, el paisaje cambiaba de nuevo. Y entonces apareció la nieve. Allí arriba, en pleno mayo, el puerto de Vegarada seguía guardando restos del invierno, como si se resistiera a dejarlo marchar.

Rodar entre nieve, con ese silencio que solo existe en la montaña, convierte cualquier trayecto en algo mucho más profundo. No es solo conducir, es formar parte de ese lugar durante un rato.

Durante siglos, este puerto ha sido un paso natural entre Asturias y León, una vía de comunicación por la que han transitado ganaderos, comerciantes y viajeros mucho antes de que existieran los motores.

Y el valle de Aller, donde comienza esta subida, es simplemente espectacular.

De esos paisajes que parecen diseñados para ser recorridos despacio. Sin exagerar, en mi opinión, es uno de los rincones más bonitos de Asturias.

Allí arriba no hace falta hacer nada especial.

Basta con parar, quitarse el casco y mirar alrededor.

Aquel día no hubo grandes aventuras, ni momentos épicos.

Solo una carretera, un cervatillo, nieve en mayo y esa sensación de estar exactamente donde quería estar.

Y con eso, fue más que suficiente.

El pan lo compré finalmente en León, concretamente en Puebla de Lillo, así que continué la ruta hacia el embalse del Porma… pero esa ya es otra historia que merece su propia crónica.

Y así...

¡Otro puñado de buenos recuerdos para la saca!

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