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Crónicas de un OverFlander dominguero
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Marruecos · 2025

Marruecos

Marruecos nos regaló pistas y carreteras infinitas, paisajes que parecen de otro planeta y momentos de esos que no se olvidan. Saboreamos cada kilómetro como niños en un parque de atracciones. Un auténtico paraíso motero.

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Marruecos

Capítulos

El viaje, tramo a tramo

Rumbo a Africa

Capítulo 1

Rumbo a Africa

Hoy empieza el viaje de verdad. Salimos desde Algeciras con esa mezcla de emoción y nervios que aparece justo antes de arrancar algo grande. La moto está lista, nosotros también… y Marruecos, al otro lado del Estrecho, esperando. Embarcar siempre tiene algo especial. Nos dirigimos al punto de embarque de la naviera Transmediterránea. El barco sale a las 8:00, así que toca madrugar un poco… aunque, con la adrenalina del viaje, te levantas como un resorte. El hotel estaba cerca, así que en cinco minutos ya estábamos en la cola. Poco tiempo de espera y todo bastante rodado. Buen comienzo. Desde la cubierta, Europa se va quedando atrás poco a poco. Delante, África. Nos invade esa sensación difícil de explicar: felicidad, nervios, ganas… Miradas, bromas, primeras fotos… Se nota que estamos exactamente donde queremos estar. Desembarcamos en Tánger Med y las motos vuelven a rodar. Los primeros metros tienen algo distinto. No sabes muy bien qué es… pero se nota. Vuelven recuerdos de mi primer viaje a Marruecos, cuando todo era nuevo y sorprendente. Y me hago la pregunta inevitable: ¿volverá a sorprenderme… o ya nada será como la primera vez? Toca la parte menos épica pero necesaria: cambiar dinero, comprar una SIM… y algún pequeño contratiempo. La tarjeta parecía tener datos, pero mi Android Auto decidió que hoy no era el día de colaborar. Resultado: nada de navegación. Menos mal que Juan Fran asumió el papel de ir abriendo camino. Nos adaptamos rápido. Con calma, sin prisas… pero sin perder tiempo. Ahora sí. Aquí empieza todo. Tomamos la N16 y empezamos a rodar bordeando la costa. El Mediterráneo aparece a ratos, como recordándonos que no está tan lejos de donde venimos… pero lo suficiente como para saber que esto ya es otra historia. A lo lejos aparece Ceuta, como un último guiño a lo conocido antes de seguir avanzando hacia lo que realmente hemos venido a buscar. Primera parada: Marina Smir. Un puerto tranquilo, casi demasiado perfecto para ser real. Y, sinceramente, bastante inesperado. Yates enormes, coches de alta gama… aquello parecía más Puerto Banús que Marruecos. En mi anterior viaje no vi nada parecido. Aprovechamos para comer en un italiano… porque ya se sabe, lo importante es integrarse en la gastronomía local. Seguimos rumbo a Tetuán. Entramos por Bab Okla, la Puerta de la Reina, como si alguien hubiera decidido que la entrada tenía que ser con estilo… y lo consigue. La ciudad tiene carácter. Se nota en la gente, en los edificios, en el ritmo. La Plaza de España es ese punto donde todo se mezcla: historia, cultura… y ese caos bien entendido que, curiosamente, funciona. Hacemos las típicas fotos de postureo —como buenos overlanders que somos— y volvemos a la carretera. Y aquí empieza una de esas partes que no necesitan mucha explicación: montañas a un lado, mar al otro… y curvas suficientes como para justificar todo el viaje. El tramo de la N16 es simplemente espectacular. Dejamos la costa y nos metemos en la R406. Y aquí cambia todo. El paisaje se vuelve más verde, más cerrado, más intenso. Las curvas empiezan a encadenarse sin descanso. Como diría nuestro buen amigo Roberto Naveiras: “curvas de tacto aterciopelado”. Kilómetro a kilómetro, nos adentramos en el Rif. Y entonces aparece Chaouen. La ciudad azul. Entramos más despacio, casi por inercia. No es un sitio para ir con prisa. Aparcamos las motos y caminamos hacia la plaza Uta el-Hammam, el corazón de la ciudad. Y a pocos metros encontramos nuestro refugio: el Riad Dar Kisania. Muy recomendable. Chaouen tiene algo especial. No sabes muy bien qué es… pero lo notas. Entre fotos, buena comida y paseos sin rumbo, el día empieza a cerrarse. Ha sido solo la primera etapa. Pero ya ha pasado de todo. Cambio de continente, carreteras espectaculares, ciudades con alma… y esa sensación clara de que esto no ha hecho más que empezar. Y así... ¡Otro puñado de buenos recuerdos para la saca!

Del Azul de Chaouen al Ocre de Fez

Capítulo 2

Del Azul de Chaouen al Ocre de Fez

Chefchaouen nos da los buenos días muy temprano. No hace falta despertador. La llamada a la oración se cuela suave entre el silencio de la mañana y, durante unos segundos, todo parece suspendido. Es uno de esos momentos en los que eres plenamente consciente de dónde estás… y de lo afortunado que eres por estar viviéndolo. Ducha rápida y salgo a la calle casi sin pensar. La ciudad aún está despertando y eso la hace todavía más especial. Tengo poco tiempo antes de quedar con Juan Fran, pero es suficiente para perderme. Y eso es exactamente lo que hago. Caminar por Chefchaouen a esa hora es como entrar en otro ritmo. No hay prisas, no hay ruido. Solo calles azules que parecen no tener fin, puertas entreabiertas, algún vecino que empieza su día y esa sensación constante de estar dentro de algo único. Cada rincón tiene algo que decir, y por un momento sientes que el tiempo no importa. La plaza está prácticamente vacía. Cuesta imaginar que el día anterior estaba llena de vida. Ahora todo es calma, y se agradece. Chefchaouen no es solo bonita. Tiene historia, tiene alma. Fundada en 1471, con raíces que nos acercan más de lo que parece, con ese aire andaluz que resulta familiar sin saber muy bien por qué. Es uno de esos lugares que no solo se visitan… se sienten. Y, sin darte cuenta, te atrapan. Desayunamos en la terraza del hotel, con unas vistas que invitan a alargar el momento. De esos desayunos que no solo alimentan, sino que se quedan grabados. Pero el viaje sigue, y hoy toca avanzar. Antes de salir, visitamos el museo etnográfico, en la antigua fortaleza de la plaza. Un lugar que te hace parar un momento y mirar con otros ojos. Te das cuenta de todo lo que compartimos, de lo cerca que estamos a pesar de las fronteras. Incluso los textos en castellano te hacen sentir, por un instante, como en casa. Y entonces toca despedirse de Chefchaouen. La salida de la ciudad marca el cambio. El paisaje se abre, la carretera empieza a dibujar nuevas líneas y la sensación cambia. Ya no es la calma de las calles azules, ahora es el viaje en sí. Ese que no va de llegar, sino de vivir cada tramo. Paramos en una gasolinera, pero como siempre, la parada acaba siendo mucho más. Algo de comida, sombra y una conversación improvisada con gente del lugar. No hace falta compartir idioma para entenderse. A veces basta una sonrisa, una mirada, o una moto. Volvemos a la carretera. El sol empieza a hacerse notar y el paisaje cambia poco a poco. Fez está más cerca, y con ella una nueva etapa del viaje. En el camino nos cruzamos con un aficionado local y su Moto Cargo. No es una moto para presumir, es una moto para vivir. Y se nota. Intercambiamos unas palabras, unas risas, unas fotos… y seguimos. Pero te quedas con algo más que eso. Te quedas con la sensación de que la pasión por las motos une, sin importar de dónde vengas. Y entonces, uno de esos momentos que no planeas. Una caída tonta, de esas que llegan sin avisar. Nada grave, solo el susto… y el orgullo un poco tocado. Pero lo que de verdad se queda no es la caída, sino lo que viene después. En segundos, varias personas se acercan a ayudar. Sin preguntas, sin juicios. Solo ayuda. Así, sin más. Y eso dice mucho. Entrar en Fez en moto es otra historia. Tráfico, movimiento, caos aparente… pero con su propio orden. Al principio te descoloca, pero poco a poco empiezas a entenderlo. Y cuando lo haces, incluso lo disfrutas. El día termina en el riad. Y de repente, silencio. Calma. Un refugio en medio de todo. Allí coincidimos con dos españoles y con Mohamed, cuya forma de tratarte hace que todo sea aún más especial. De esas personas que te llevas contigo, aunque no vuelvas a verlas. Y así acaba el día. Con la sensación de haber vivido mucho más que kilómetros. Con momentos que no estaban en el plan… pero que son, precisamente, los que hacen que todo tenga sentido. Y así... ¡Otro puñado de buenos recuerdos para la saca!

De Fez a las Gargantas del Ziz

Capítulo 3

De Fez a las Gargantas del Ziz

Crónica de un robo anunciado Juan Fran Mengual y yo salimos de Fez rumbo a las impresionantes gargantas del Ziz. Paramos en Azrou a comprar pan y, con ese riquísimo pan marroquí aún caliente, pusimos rumbo al famoso bosque de cedros, ese en el que vive el mono que hace poco mordió a nuestro querido amigo Alex Lupo Nuestra idea era clara: vengar a Lupo… Mientras Juan Fran se adentraba en la espesura en plan explorador, entrevistando a la familia de monos para intentar encontrar al culpable, pensé: Están lejos, hora perfecta para preparar el bocata de jamón del bueno. Error de novato. En menos de un parpadeo, ¡zas! Un mono bribón —y juraría que el mismo que mordió a Lupo— nos arrebató el pan. Ni “hola” ni “gracias”. Por suerte, el jamón seguía a salvo en la maleta, así que solo nos tocó comprar de nuevo pan y reírnos de la escena. La jornada terminó en las mágicas gargantas del Ziz, donde dormimos en la kasbah Jurassique y disfrutamos de música en directo. Y así... ¡Otro puñado de buenos recuerdos para la saca!

De las Gargantas del Ziz al desierto de Erg Chebbi

Capítulo 4

De las Gargantas del Ziz al desierto de Erg Chebbi

Despertamos en el Kasbah Hotel Jurassique, en pleno corazón de las gargantas del Ziz. Tras un buen desayuno, de esos que se disfrutan sin ninguna prisa, arrancamos las motos con una mezcla difícil de explicar entre calma, emoción e ilusión. Hoy tocaba poner rumbo a Merzouga. La etapa de hoy iba a ser bastante más corta de lo habitual, apenas unos 165 kilómetros, pero teníamos claro desde primera hora que no sería un día cualquiera. De hecho, ambos teníamos la sensación de que lo que nos esperaba iba a convertirse en uno de esos recuerdos imposibles de olvidar. Antes de continuar hacia el sur, decidimos volver sobre nuestros pasos para recorrer otra vez, ahora ya con luz de día, la espectacular carretera de las gargantas del Ziz. Y fue todo un acierto. Donde la tarde anterior apenas intuíamos siluetas y formas entre la oscuridad, ahora aparecían paredes de roca inmensas, curvas infinitas y un paisaje que parecía diseñado exclusivamente para disfrutarlo sobre dos ruedas. Después retomamos rumbo sur por la N13. El paisaje comenzaba a cambiar poco a poco: menos vegetación, tonos cada vez más áridos y un horizonte mucho más abierto. Justo después de dejar atrás el embalse de Errachidia, tomamos un desvío a la izquierda para evitar entrar en la ciudad de Er-Rachidia y esquivar así el tráfico. Una decisión sencilla, pero de esas que hacen el viaje mucho más agradable. Volvimos a enlazar con la N13 y continuamos avanzando tranquilamente hasta Erfoud, donde tomamos la P7111 en dirección a Merzouga. A cada kilómetro aumentaban las ganas, la emoción y esa sensación de estar acercándonos a algo grande. Estábamos realmente felices. Cantábamos, contábamos chistes malos y disfrutábamos como niños mientras nos acercábamos a nuestro destino. Y entonces ocurrió. Las dunas del Erg Chebbi empezaron a aparecer en el horizonte como gigantes dorados emergiendo de la nada. Fue uno de esos momentos en los que automáticamente sonríes dentro del casco. Habíamos llegado. Nuestro plan era tan simple como perfecto: encontrar el kasbah de Alí el Cojo… y, a partir de ahí, dejarnos llevar. Sin reservas, sin horarios y sin demasiadas preocupaciones. Solo con ganas de disfrutar. Y así lo hicimos. Después de comer y refrescarnos en la piscina (sobre todo Juan Fran, que no paraba de insistir en que el agua estaba helada; claro, es lo que tiene ser de Alicante), llegó el momento de cambiar las motos por quads y nos lanzamos a recorrer las dunas. Crestas de más de 150 metros, arena infinita y una sensación de libertad absoluta que, sin darte cuenta, te devuelve directamente a la infancia. Saltos, risas, adrenalina… y el desierto como escenario. Para rematar el día, el propio Alí el Cojo (él mismo nos dijo que siempre pusiéramos el adjetivo “El Cojo”, porque Alís hay muchos, pero “El Cojo” en Merzouga solo hay uno) vino a recogernos y nos llevó de excursión por diferentes rincones del desierto, incluyendo algunos escenarios donde se rodaron películas como La Momia (1999). Y aquello fue todo un lujo. Alí el Cojo es uno de los personajes más famosos de Merzouga y del desierto del Erg Chebbi. Muchos viajeros lo recuerdan no solo por su alojamiento, sino también por su personalidad, su hospitalidad y porque suele involucrarse personalmente con los visitantes, tal y como nos demostró durante todo el día. Además, si eres amante del motor, hablar con él es una auténtica maravilla. Es historia viva del Dakar, conoce personalmente a muchos de sus pilotos legendarios y podría pasarse horas contando anécdotas del desierto y de la carrera. Y la verdad es que nosotros podríamos haber pasado el mismo tiempo escuchándole. Más tarde, Alí nos acercó a su nuevo riad en pleno desierto, donde nos invitó a tomar un té mientras organizábamos la siguiente aventura: una excursión en dromedario para contemplar el atardecer entre las dunas. Después llegó la cena, la música en directo, el silencio del desierto y la experiencia de dormir en una haima bajo las estrellas. Y así... ¡Otro puñado de buenos recuerdos para la saca!

Del Sahara al Alto Atlas: Merzouga a Agoudal

Capítulo 5

Del Sahara al Alto Atlas: Merzouga a Agoudal

Uno de los mejores despertares que recuerdo. Era temprano y me levanté con la intención de ver amanecer en Erg Chebbi, pero como dicen en mi tierra: «el que va de romería, se queja al otro día». Y así fue. La noche anterior estuvimos de folixa hasta tarde y, para rematar la jugada, no puse el despertador. Cuando desperté, el sol ya había salido y me perdí el amanecer, pero aun así mereció la pena. Todavía no hacía calor. En el ambiente se respiraba un frescor agradable y un olor especial de arena que me transportó de golpe a las dunas de San Juan de Nieva, en mi Avilés natal, donde tantos veranos pasamos jugando durante los días de playa. Hay olores que tienen la capacidad de llevarte décadas atrás en apenas un instante. Después de disfrutar un buen rato de la soledad y del paisaje, fui en busca de mi querido compañero de fatigas, Juan Fran, que justo estaba despertándose. En poco tiempo ya estábamos duchados y preparados para el desayuno. Aquella noche habíamos compartido Haima, y tengo que decir que estaba equipada a todo lujo. Especialmente mi cama, que era matrimonial. El bueno de Juan Fran me la cedió insistiendo en quedarse él con la pequeña. Cómo se hace querer el tío… Tras un desayuno, como está mandado, nos esperaba Ali el Cojo con su 4x4 para acercarnos hasta su riad, donde habíamos dejado las motos listas para continuar el viaje. Antes de marcharnos quisimos agradecerle todo lo que había hecho por nosotros y lo bien que nos había tratado durante nuestra estancia. Quedó todo recogido en el vídeo de este episodio. Salimos de Merzouga echando una última mirada al mar de dunas de Erg Chebbi, pensando que con total seguridad volveríamos a vernos las caras. Era mi segunda visita y Merzouga nunca defrauda. Sin duda es uno de los mejores parques de atracciones que existen para niños grandes. Tomamos rumbo hacia las Gargantas del Todra sin tener demasiado claro dónde terminaríamos el día. El plan era precisamente no tener plan y dejar que la improvisación hiciera su trabajo. Nada más atravesar la famosa puerta de Rissani decidimos tomar la R702 en dirección norte. Aquello supuso renunciar a visitar la famosa Prisión Portuguesa, que teníamos a apenas diez minutos. Son las cosas que tiene no seguir un track previamente definido: a veces descubres lugares inesperados y otras te dejas cosas por el camino. La carretera hacia el Todra nos regaló tramos espectaculares. Quizá menos montañosa que la otra alternativa más al sur, pero igualmente preciosa. La ruta por el sur ya la había recorrido durante mi primer viaje y la recordaba bastante más agreste. Llegamos al palmeral de Tinghir y la vista volvió a sorprendernos. Ese contraste entre el verde intenso de las palmeras y los tonos ocres de las montañas es algo que nunca deja indiferente. De las Gargantas del Todra, archiconocidas por cualquiera que haya viajado por Marruecos, poco más se puede añadir. Están muy masificadas a nivel turístico, pero eso no les resta ni un ápice de espectacularidad. Aunque, para ser sinceros, lo que más nos impresionó vino después. La nueva carretera que asciende hacia Agoudal, todavía con obras en algunos tramos, es simplemente espectacular. Reconozco que tenía cierta esperanza de encontrarla como la última vez que pasé por allí, mucho más rota y con bastantes kilómetros de pista. Pero también hay que entender que para la gente que vive en estas montañas supone una mejora enorme en su calidad de vida. Quizá los overflanders de pacotilla como nosotros perdemos un poco de aventura, pero los habitantes ganan muchísimo. Eso sí, las obras nos tenían reservada una pequeña sorpresa. Nos encontramos literalmente con «un clavo en el camino» y la Africa Twin del señor Juan Fran decidió que había llegado el momento de parar. En principio no parecía un problema. Yo siempre confío en mi surtida maleta de herramientas. Sin embargo, los desmontables los llevaba Juan Fran y, siendo sinceros, parecían más apropiados para una bicicleta que para una moto. Sacamos la rueda y comenzamos la operación, pero enseguida vimos que la cosa se complicaba. No podíamos desmontar la válvula y tampoco teníamos herramientas adecuadas para desllantar con facilidad. Justo cuando me disponía a utilizar el sistema de la pata de cabra apareció un marroquí que parecía salido de la nada. Resultó que llevaba un auténtico taller móvil sobre ruedas. Tenía absolutamente de todo. Con gran amabilidad insistió en ayudarnos. En apenas diez minutos la rueda estaba reparada, montada y la moto lista para continuar. Cuando llegó el momento de despedirnos no quiso aceptar ninguna compensación. Nos dijo que lo había hecho de forma totalmente desinteresada. Finalmente, Juan Fran insistió y tuvo un detalle con él que acabó aceptando. La escena nos hizo reflexionar. Poco antes nos había adelantado un grupo de moteros sobre sus flamantes GS de última generación. Ni siquiera se dignaron a saludar, mucho menos a detenerse para preguntar si necesitábamos ayuda. Nos sorprendió bastante porque no suele ser lo habitual dentro del mundo de la moto. Estoy convencido de que nosotros habríamos parado sin pensarlo dos veces. No habría sido la primera vez que echábamos una mano a alguien en la carretera, tal como haria cualquier hijo de vecino. Pero bueno, como en todos los colectivos, siempre hay alguna oveja negra. De nuevo en marcha, seguimos disfrutando de esta impresionante carretera encajada entre cañones y montañas hasta llegar ya avanzada la tarde a Agoudal. Allí repostamos en una gasolinera muy peculiar. Una de esas donde la gasolina se vende en garrafas. Mientras llenábamos los depósitos seguíamos con nuestro particular juego. Juan Fran y yo manteníamos una competición para ver cuál de nuestras motos gustaba más a la gente. Cada vez que alguien se quedaba observándolas le preguntábamos cuál prefería. Tengo que reconocer que hasta ese momento la Honda iba ganando por goleada. Pero en Agoudal no fue así. Allí la cosa terminó en empate técnico. Encontramos alojamiento en el Kasbah Citoyenne, situado a unos 2.400 metros de altitud. Nos contaron que durante el invierno la nieve es una presencia habitual por allí. Aquella noche también compartimos habitación. Había dos mantas por cama y, como Juan Fran es del sur y yo un machote del norte, decidí cederle una de las mías asegurando que a mí me sobraba. Gran error. ¡Qué frío pasé! Por suerte, durante una visita nocturna de Juan Fran al baño, logré recuperar discretamente mi manta. A partir de ese momento la situación térmica quedó bajo control. Qué contraste tan brutal entre Merzouga y Agoudal. Por la mañana estábamos caminando descalzos sobre las dunas del desierto. Por la noche dormíamos a casi 2.400 metros peleándonos por una manta. Otro día increíble para guardar en la saca de los recuerdos. ¿Y mañana? Quién sabe… Precisamente ahí reside gran parte de la magia de viajar sin un plan demasiado rígido. Y así... ¡Otro puñado de buenos recuerdos para la saca!